Siempre le creí a mi padre cuando decía que no teníamos a nadie más en el mundo, hasta el día en que encontré un teléfono escondido en su armario y desvelé una vida de la que nunca me habló.
Solía pensar que el dolor empequeñecía a las personas.
Así se volvió mi padre tras la muerte de mi madre: más tranquilo, más pesado, como si el mundo se le hubiera echado sobre los hombros y se negara a levantarse.
Aún se levantaba temprano, aún preparaba el desayuno, aún me recordaba que llevara una chaqueta aunque el sol pareciera inofensivo, pero siempre había algo que faltaba en sus ojos, como si una parte de él hubiera sido enterrada con ella y nunca hubiera encontrado el camino de vuelta.
Durante cinco años habíamos estado los dos solos.
“Come antes de que se enfríe”, dijo una mañana, poniéndome un plato delante.
Sonreí con satisfacción. “Lo dices todos los días”.
“Y cada día me das la razón”.
Solté una carcajada, pero los momentos así empezaban a ser raros. Últimamente, algo en él me parecía… distante. No distante de la forma habitual y tranquila a la que me había acostumbrado, sino reservado, como si ocultara algo y me observara demasiado de cerca al mismo tiempo.
Empezó con algo pequeño.
La puerta de su habitación, antes siempre abierta, permanecía cerrada. Si llamaba a la puerta y entraba, levantaba la vista demasiado deprisa, como si hubiera interrumpido algo importante. Empezó a llevar el teléfono a todas partes, incluso en los viajes más cortos, y sus dedos se apretaban alrededor de él cada vez que me acercaba.
Una tarde llegué pronto a casa y oí su voz a través de la puerta.