Nací en un pueblo pequeño al sur de la Ciudad de México. Mi madre cosía vestidos para las señoras de la iglesia y mi padre trabajaba en la construcción. No teníamos mucho, pero teníamos dignidad. Mi madre siempre decía: “Magdalena, nunca pidas nada que no puedas conquistar con tus propias manos”. Llevé esa lección conmigo toda mi vida.
A los 22 años me casé con Roberto. Era albañil, honesto, trabajador. Tuvimos a Matías 2 años después. Recuerdo el día en que nació como si fuera ayer. Era una mañana de enero fría, con neblina cubriendo las calles. Sostuve a ese bebé en mis brazos y pensé, “Voy a darte todo lo que yo no tuve”. Y se lo di.
Roberto murió cuando Matías tenía apenas 8 años. Un accidente en el trabajo, una viga que cayó. No tuvo oportunidad. Quedé viuda, sola, con un niño pequeño y ningún centavo ahorrado. Pero no me rendí. Empecé a trabajar limpiando casas. Después aprendí a cocinar platillos típicos y comencé a vender tamales y mole en las fiestas del barrio.
Poco a poco junté dinero, ahorré cada peso, nunca compré nada para mí que no fuera esencial. Mi ropa era la misma durante años, mis zapatos remendados, todo era para Matías. Pagué su escuela, pagué sus uniformes, sus libros, sus excursiones. Cuando quiso estudiar administración en la universidad, le dije que sí, aun sabiendo que eso significaba trabajar todavía más. Limpiaba casas por la mañana, vendía comida por la tarde y por la noche planchaba ropa ajena.
Matías era todo para mí. Era inteligente, educado. La gente del barrio siempre comentaba: “Qué suerte tienes, Magdalena. Tu hijo es un muchacho de bien”. Y yo lo creía.
A los 32 años, Matías se graduó. Consiguió un buen empleo en una empresa de contabilidad. Recuerdo cuando llegó a casa con la noticia. Me abrazó fuerte y dijo: “Mamá, ahora me toca cuidarte a mí”. Lloré ese día. Lloré de alivio, de alegría, de cansancio acumulado. Pero también lloré porque, en el fondo, una parte de mí sabía que ya había dado todo lo que tenía y que ahora finalmente podría descansar.
Fue en esa época cuando compré mi casa. No era grande, no era lujosa, pero era mía. Quedaba en una calle tranquila, en Tlapanco, cerca de donde crecí. Tenía dos recámaras, una sala pequeña, una cocina donde cabía una mesa de madera que yo misma pinté, y en el fondo un patio con un limonero que daba frutos todos los años. Adoraba ese limonero.
Todas las mañanas tomaba mi café sentada en el patio mirando ese árbol. El aroma de los limones, mezclado con el aire fresco de la mañana, me hacía sentir que todo había valido la pena.
A Matías también le gustaba la casa. Venía a visitarme cada fin de semana. Traía pan dulce, nos sentábamos en la cocina y conversábamos. Me contaba del trabajo, de los compañeros, de la vida. Era simple, era bueno. Pensaba que eso era lo que había conquistado: paz, un hogar, la compañía de mi hijo.