No, lo que me consumía era la espera. La espera de la orden judicial, la espera de que todo esto terminara.
El licenciado Romero me llamaba cada tarde con actualizaciones.
Ya presenté la demanda, señora Magdalena. El juez está revisando los documentos. Necesitamos una firma más, un testigo adicional.
Cada llamada me llenaba de ansiedad y esperanza al mismo tiempo.
Doña Carmela trataba de mantenerme distraída.
Ven, Magdalena, ayúdame a hacer estas tortillas. Vamos a ver la telenovela. Cuéntame cómo te sientes hoy.
Era amable, paciente, pero yo no podía concentrarme en nada más que en mi casa, en recuperar lo que era mío y en enfrentar a Matías.
El segundo día después de salir del hospital, Matías finalmente vino a buscarme.
Doña Carmela me avisó desde la puerta.
Magdalena, tu hijo está aquí.
Sentí que el estómago se me revolvía.
¿Quieres que le diga que no estás?
No, déjalo pasar. Necesitaba verlo. Necesitaba mirarlo a los ojos.
Matías entró a la sala con paso inseguro. Se veía cansado, más delgado que la última vez que lo había visto en el hospital.
Mamá…
Siéntate.
Se sentó en el sillón frente a mí. Doña Carmela desapareció discretamente hacia la cocina.
Nos quedamos en silencio por un momento largo. Él miraba al piso. Yo lo miraba a él.
Finalmente habló.
No sabía que habías salido del hospital. Te hubiera ido a recoger.
¿Para llevarme a dónde, Matías? ¿A mi casa? La casa que le diste a tus suegros.
Se estremeció.
Mamá, yo pensé que ibas a morir.
Los doctores dijeron que…
Los doctores nunca dijeron que iba a morir. Dijeron que no sabían cuánto tiempo estaría en coma. Hay una diferencia.
Tenía miedo.
¿Miedo de qué? ¿De quedarte con una madre enferma? ¿De cuidarme?
No, no es eso. Tenía miedo de perderte. Y cuando Petra sugirió que…
Ah, Petra.
próxima