“¿Tiene a dónde ir?”
Esa pregunta me golpeó. No tenía a dónde ir. Mi casa estaba ocupada por los padres de Petra. Y no iba a pedirle ayuda a Matías.
“Tengo… tengo amigos”, mentí.
El doctor no pareció convencido, pero asintió.
“Muy bien. La enfermera le dará los papeles del alta y las recetas. Cuídese mucho”.
Cuando se fue, me quedé sentada en la cama, vestida con la ropa que las enfermeras habían guardado para mí. La misma ropa que llevaba el día del derrame, ahora lavada y doblada: una blusa sencilla de color crema, un pantalón de mezclilla, mis zapatos viejos.
Me vi en el espejo del baño. Había perdido peso. Mi cabello, que siempre había tenido bien arreglado, estaba completamente blanco. Tenía arrugas nuevas alrededor de los ojos, de la boca. Me veía vieja, 60 años, y me sentía como si tuviera 100. Pero estaba viva y eso era lo que importaba.
Llamé a doña Carmela, mi antigua vecina, la mujer que había cuidado a Matías cuando era niño. Ella contestó después de tres timbres.
“Bueno”.
“Doña Carmela, soy Magdalena”.
Hubo un silencio.
“Magdalena, Dios mío. Escuché que habías despertado. ¿Cómo estás?”
“Estoy… estoy bien. Salgo del hospital hoy y necesito un favor”.
“Dime, hija. Lo que necesites”.
“¿Puedo quedarme con usted unos días? Solo hasta que resuelva algunas cosas”.
“Por supuesto. Ven cuando quieras. Mi casa es tu casa”.
Sentí que un peso se levantaba de mis hombros.
“Gracias, doña Carmela. Gracias”.
“No me agradezcas. Nos vemos pronto”.
Salí del hospital esa tarde. No llamé a Matías. No quería verlo todavía.
Tomé un taxi hasta la casa de doña Carmela. Ella vivía a tres calles de mi casa. Tres calles que se sentían como un mundo de distancia.
Cuando llegué, ella estaba esperándome en la puerta. Había envejecido desde la última vez que la vi. Ahora tenía 82 años, el cabello completamente blanco, la espalda un poco encorvada, pero su sonrisa era la misma.
“Magdalena, mi niña, qué gusto verte”.
Me abrazó fuerte. Y yo, que había aguantado las lágrimas durante días, finalmente lloré. Lloré en los brazos de esa mujer que me conocía desde hace décadas, que había visto crecer a Matías, que conocía toda mi historia.
“Ya, ya”, decía acariciándome el cabello. “Ya estás aquí, ya estás a salvo”.
Pero no me sentía a salvo. Me sentía rota.
Doña Carmela me instaló en el cuarto de visitas, una habitación pequeña con una cama individual, una cómoda vieja y una ventana que daba al patio.
“Descansa todo lo que necesites y, cuando estés lista, me cuentas qué pasó”.
Pero yo no podía descansar. Esa noche, después de que doña Carmela se fue a dormir, me quedé sentada en la cama mirando por la ventana. Desde ahí podía ver las luces de las casas vecinas y, si me asomaba un poco, podía ver mi casa.
Mi casa.
Las luces estaban encendidas. Había un coche estacionado afuera que no reconocí, seguramente de los padres de Petra. Gente extraña viviendo en mi hogar, durmiendo en mis camas, usando mis cosas.
Sentí rabia. Pero también sentí algo más: determinación.
Al día siguiente, temprano por la mañana, el licenciado Romero me llamó al celular de doña Carmela.
“Señora Magdalena, tengo noticias”.
“Dígame”.
“Fui al registro público de la propiedad, revisé todos los documentos relacionados con su casa. No hay ningún cambio de propietario, no hay ninguna venta, no hay ningún documento que transfiera la propiedad a otra persona”.
Respiré aliviada.
“Entonces la casa todavía es mía”.
“Legalmente, sí. Pero hay un problema”.
“¿Cuál?”
“Su hijo firmó un contrato de comodato”.
“¿Qué es eso?”
“Es un contrato donde el propietario permite que alguien más use su propiedad de forma gratuita por un tiempo determinado. En este caso, su hijo firmó un comodato a favor de los señores Carlos y Sofía Hernández, padres de su nuera, por un periodo de 2 años”.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
“Pero él no tenía derecho a firmar eso. La casa es mía”.
“Exactamente. Y ahí está el problema legal. Su hijo firmó ese contrato usando un poder notarial que dice tener sobre usted. Pero, cuando revisé los documentos, vi que ese poder notarial es falso”.
“¿Falso?”
“Sí. La firma que aparece como suya no coincide con su firma real. Y la fecha del documento dice que fue firmado hace un año, pero según mis investigaciones usted nunca fue a esa notaría. Hablé con el notario y él no tiene registro de que usted haya estado ahí ese día”.
Cerré los ojos. Matías había falsificado mi firma. Mi propio hijo.
“¿Qué significa esto?”
“Significa que el contrato de comodato es nulo. Y significa que podemos proceder con una demanda por fraude y apropiación indebida. También podemos solicitar una orden de desalojo inmediato para los ocupantes actuales de su casa”.
“¿Cuánto tiempo tomará?”
“Si actuamos rápido y con la evidencia que tenemos, podríamos tener una orden judicial en dos o tres días. Después, un oficial de justicia ejecutará el desalojo. También podemos presentar cargos criminales contra su…”
hijo por falsificación de documentos.
Mi corazón latía rápido.
Cargos criminales contra Matías.
Licenciado, ¿hay alguna forma de recuperar mi casa sin que Matías vaya a la cárcel?
Hubo un silencio.
Señora Magdalena, entiendo que es su hijo, pero lo que él hizo es un delito grave. Si no presentamos cargos, él podría volver a hacerlo o hacer algo peor.
Lo sé, pero ¿puedo pensarlo?
Por supuesto, pero cada día que pasa es un día más que esa gente vive en su casa ilegalmente.
Entiendo. Deme un día, mañana le doy mi respuesta.
Está bien, la llamo mañana.
Colgó.
Me quedé ahí con el teléfono en la mano, temblando.
Esa tarde me armé de valor y caminé hasta mi casa. Solo quería verla. Solo quería saber que todavía estaba ahí.
Caminé despacio, apoyándome en las paredes cuando me sentía mareada. El doctor me había dicho que debía descansar, pero no podía. Necesitaba ver mi casa.
Cuando llegué a mi calle, me detuve. Ahí estaba. Mi casa de paredes de ladrillo, mi puerta de madera, mi ventana con las cortinas que yo había cosiddo.
Pero todo se veía diferente.
próxima