Pasé 4 días más en el hospital después de ese encuentro. 4 días donde los doctores me hicieron pruebas, terapias, revisiones constantes. 4 días donde tuve que volver a aprender cosas básicas: caminar sin tambalearme, sostener una cuchara sin que me temblara la mano, hablar sin que se me trabara la lengua.
El cuerpo es extraño. Puede estar dormido por 6 meses y olvidar cosas que creías permanentes. Pero la mente, la mente estaba más clara que nunca.
Durante esos 4 días, mientras las enfermeras me ayudaban a caminar por el pasillo, mientras los fisioterapeutas me guiaban en ejercicios simples, yo pensaba. Pensaba en todo lo que había escuchado durante el coma. Pensaba en las conversaciones entre Matías y Petra. Pensaba en cómo había dado mi casa sin mi consentimiento. Y pensaba en qué hacer al respecto, porque una cosa era clara: no iba a quedarme de brazos cruzados.
Matías no volvió a visitarme durante esos cuatro días. Llamó una vez, el segundo día después de despertar. Habló con la enfermera, preguntó cómo estaba y pidió que me diera un mensaje.
“Dice su hijo que está ocupado con el trabajo, pero que vendrá pronto”.
Asentí, pero sabía la verdad. No venía porque tenía miedo. Miedo de enfrentarme, miedo de que le reclamara. Y tenía razón en tener miedo.
Petra tampoco vino, pero eso no me sorprendió. Nunca había venido antes. ¿Por qué empezaría ahora?
El tercer día en el hospital pedí hablar con la trabajadora social. Era una mujer joven, de unos 30 años, con lentes y una sonrisa amable.
“Señora Magdalena, ¿en qué puedo ayudarla?”
“Necesito hacer unas llamadas y necesito información”.
Se sentó junto a mi cama, sacó una libreta.
“Dígame”.
“Estuve en coma por 6 meses. Durante ese tiempo, mi hijo tomó decisiones sobre mi propiedad sin mi consentimiento. Necesito saber qué derechos tengo”.
Ella frunció el ceño.
“¿Qué tipo de decisiones?”
“Entregó mi casa a otras personas. Dijo que podían vivir ahí. Pero la casa está a mi nombre. Yo nunca firmé nada”.
La trabajadora social escribió rápidamente.
“¿Él tiene poder notarial sobre usted?”
“Nunca firmé nada de eso”.
“Entonces no tenía derecho legal de tomar esas decisiones”.
Asentí.
“Eso pensé. ¿Puede ayudarme a contactar a un abogado?”
Ella asintió.
“Claro. Hay servicios legales gratuitos para personas en su situación. Déjeme hacer algunas llamadas”.
Y así, mientras mi cuerpo se recuperaba lentamente, mi plan comenzó a tomar forma.
Al día siguiente vino el abogado. Se llamaba licenciado Romero. Era un hombre de unos 50 años, con cabello gris y una voz firme. Llevaba un portafolio de cuero gastado y lentes de lectura que se ponía y se quitaba constantemente.
“Sí, solo a mi nombre. Tengo la escritura. Está en mi casa, en un cajón del mueble de la sala, junto con otros documentos importantes”.
“¿Su hijo firmó algo en su nombre?”
“No lo sé. Pero, si lo hizo, fue sin mi consentimiento y yo nunca le di poder notarial”.
El licenciado Romero se quitó los lentes y me miró directamente.
“Señora Magdalena, lo que su hijo hizo es apropiación indebida. Si él permitió que otras personas ocuparan su propiedad sin su consentimiento, eso es ilegal. Y, si falsificó su firma en algún documento, eso es fraude”.
Sentí algo en el pecho. No era satisfacción, era tristeza. Porque estábamos hablando de mi hijo, de Matías, del niño que había crecido en esa casa, que me había prometido cuidarme. Y ahora estaba ahí, planeando acciones legales contra él.
“¿Qué puedo hacer?”
“Primero, necesito verificar si hay documentos falsificados. Para eso tengo que ir al registro público de la propiedad y revisar si hay algún movimiento reciente sobre su casa. Segundo, necesito que usted firme un poder legal para que yo pueda actuar en su nombre”.
“¿Cuánto tiempo tomará?”
“Unos días, tal vez una semana”.
“No tengo mucho dinero para pagarle”.
Él levantó la mano.
“Señora, esto es parte de un programa de asistencia legal. No tiene que pagarme. Solo quiero ayudarla a recuperar lo que es suyo”.
Sentí lágrimas en los ojos, lágrimas de alivio, de gratitud.
“Gracias, licenciado”.
“No me agradezca todavía. Primero recuperemos su casa”.
Y así el plan se puso en marcha. Esa misma tarde el licenciado Romero trajo los papeles para el poder legal. Los leí cuidadosamente. Firmé con mano temblorosa, pero firme.
“Voy a empezar las investigaciones mañana mismo”, dijo. “Le mantendré informada”.
Cuando se fue, me quedé acostada en la cama mirando el techo. Por primera vez en meses sentí algo parecido a la esperanza.
Al día siguiente, el doctor me dio el alta.
“Su recuperación ha sido notable, señora Magdalena, pero tiene que seguir con terapia física, tomar sus medicamentos y venir a revisiones cada dos semanas”.
“Sí, doctor, lo haré”.4
próxima