Un agente revisó el perchero.
Nada.
“Comandante, aquí no hay nada.”
“Registren los armarios.”
En el armario del pasillo, un agente sacó el bolso de cuero negro.
“¿De quién es este bolso?”
—De mi hermana Leticia —respondió Carmen con voz temblorosa.
El agente la abrió y, momentos después, sacó la bolsita de terciopelo.
Cuando él le mostró el collar brillante, Carmen jadeó.
—Está usted arrestada, señora —dijo Garza.
—¡Espera! —gritó Valeria.
Ella dio un paso al frente con valentía.
“Mi madre no lo hizo. Mi tía Leticia puso eso aquí hoy para incriminarla.”
Garza frunció el ceño con escepticismo.
Valeria abrió rápidamente el portátil.
“Tengo pruebas.”
Reprodujo las imágenes de seguridad que mostraban a Leticia entrando al apartamento.
Luego mostró las fotos del collar y la información sobre Antonio.
El silencio llenó la habitación.
El comandante Garza la miró con asombro.
“Llamen a las unidades”, dijo por la radio. “Nuevos objetivos: Leticia Vargas y Antonio Delgado”.
Esa noche, la policía allanó los almacenes al sur de la ciudad.
Leticia y Antonio fueron arrestados cuando se preparaban para huir con el resto de las joyas robadas.
De vuelta en casa, Carmen abrazó a Valeria con fuerza, llorando de alivio.