Matías no supo qué decir.
—Te quedarás aquí esta noche —continuó Ramiro—. Mañana veremos qué sigue.
—No necesito caridad —murmuró el niño, por puro orgullo.
El Cuervo soltó una exhalación seca, casi una risa.
—No te la estoy ofreciendo. Te estoy pagando una deuda.
Ximena sonrió, satisfecha.
—Te dije que mi papá iba a venir.
Aquella madrugada llevaron a uno de los agresores al club. Se llamaba Tadeo. Entró temblando, empujado por dos hombres enormes. Venía pálido, con la prepotencia hecha pedazos.
Matías, adolorido y vendado, estaba sentado en un sillón con una cobija sobre las piernas. Ximena dormía a un lado, recargada en su hombro.
Ramiro se puso de pie frente al muchacho.
—Míralo —ordenó, señalando a Matías—. Doce años. Flaco, golpeado, solo. Y tuvo más valor que tú.
Tadeo tragó saliva.
—Yo… yo no quería que llegara tan lejos.
—Pero llegaste —replicó el Cuervo.
El chico empezó a llorar. Habló de envidia, de rabia, de que querían asustar a Ximena porque todos en la colonia la trataban con cuidado por ser hija del Cuervo. Confesó el nombre de su cómplice y hasta dónde había llegado cada golpe.
Todos esperaban que Ramiro ordenara una paliza. Matías también.
Pero, para sorpresa de todos, el hombre volteó hacia él.
—Tú recibiste los golpes. Tú dime qué hago.
El salón quedó inmóvil.
Matías sintió que la respiración se le atoraba. Nadie en su vida le había dado ese poder. Pensó en las noches en que él mismo había sido pateado mientras la gente fingía no ver. Pensó en lo fácil que sería pedir sangre. Pensó en el círculo infinito del odio.
Luego alzó la vista.
—No quiero que lo golpeen —dijo despacio.
Varios hombres protestaron por lo bajo.
Ramiro no.
—Sigue —ordenó.
—Quiero que repare algo. Que trabaje. Que ayude donde lastimó. En la colonia, con niños más chicos, en el comedor, donde sea. Que aprenda lo que se siente cuidar a alguien… no destruirlo.
Tadeo lo miró como si no entendiera.
Ramiro mantuvo los ojos en Matías durante varios segundos. Luego asintió.
—Eso haremos.
Fue la primera vez que el muchacho vio en el rostro del Cuervo algo parecido al respeto.
Los días se convirtieron en semanas.
Lo que empezó como una cama prestada acabó pareciéndose a un hogar.
Matías descubrió que en el club había reglas duras, pero claras. Nadie tocaba alcohol frente a Ximena. Nadie levantaba la voz en ciertas habitaciones. Todos aportaban algo: unos cocinaban, otros arreglaban motos, otros repartían despensas en colonias pobres. No eran santos, ni mucho menos, pero tampoco eran monstruos. Eran una familia extraña, armada con cicatrices.
Ramiro le consiguió ropa, después lo llevó a una clínica y, una mañana, sin grandes discursos, le dejó sobre la mesa una mochila nueva.
—Empiezas la escuela el lunes.
Matías la miró sin atreverse a tocarla.
próxima