El Cuervo apretó la mandíbula.
—¿Y sabes quién soy?
—Ahora sí.
—¿Y aun así lo hiciste?
Matías tardó un segundo en responder.
—Sí.
Ximena abrazó el brazo de su padre.
—Papá, ayúdalo. Por favor.
El hombre no dijo nada. Solo se puso de pie y giró levemente la cabeza.
—Lobo —ordenó a uno de los motociclistas—. Encuentra a los dos cobardes. Quiero sus nombres completos antes de medianoche.
Luego señaló a otro.
—Tigre, súbelo a la moto. Con cuidado.
Matías sintió que lo levantaban entre brazos fuertes. Quiso resistirse.
—No… no quiero problemas.
El Cuervo lo miró fijamente.
—Hijo, los problemas ya llegaron. La diferencia es que ahora no estás solo.
El club de motociclistas no era como Matías lo había imaginado. Sí, olía a cuero, gasolina y humo, pero también a café recién hecho y caldo caliente. Había risas apagadas, fotos viejas en las paredes, herramientas limpias y una mesa larga de madera donde evidentemente la gente comía junta.
Lo acostaron sobre un sofá mientras un hombre mayor, al que todos llamaban Doc aunque no era doctor de verdad, le revisaba las costillas y la mano inflamada.
—Nada roto de gravedad —gruñó—. Pero te va a doler hasta pestañear, chamaco.
Ximena no se apartó de su lado ni un momento.
—¿Te duele mucho? —preguntó.
Matías soltó una media sonrisa torcida.
—Poquito… como si me hubiera atropellado un camión.
Ella dejó escapar una risita nerviosa por primera vez desde el ataque.
El Cuervo observaba la escena desde el otro extremo del salón, callado, con los brazos cruzados. Finalmente se acercó.
—¿Dónde vives?
Matías bajó la mirada.
—Donde me agarre la noche.
—Te pregunté dónde vives, no dónde sobrevives.
La pregunta le apretó algo en el pecho. No estaba acostumbrado a que alguien insistiera.
—Desde que murió mi mamá… en ninguna parte.
La expresión del Cuervo cambió apenas, como una grieta diminuta en una pared de piedra.
—¿Y familia?
Matías negó.
Ximena volvió el rostro hacia su padre, suplicante.
—Papá…
Ramiro guardó silencio largo rato. Después se sentó frente al muchacho, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Escúchame bien, Matías. En esta ciudad hay gente que usa el miedo para sentirse grande. Los dos que te pegaron son de esos. Pero hay otra clase de gente. La que se planta enfrente aunque le cueste caro. Esa es la gente que yo respeto.
próxima