—Yo… no sé si pueda.
—Sí puedes —dijo Ximena desde la puerta, sonriendo—. Y si te da miedo, yo voy contigo el primer día.
Ramiro añadió, con tono seco:
—Además, ya le prometí a tu madre, donde quiera que esté, que no te voy a dejar perderte.
Matías levantó la cabeza, sorprendido.
—¿La prometió?
El Cuervo se quedó quieto un instante. Luego respondió:
—A veces uno no necesita conocer a alguien para saber lo que le debe.
Aquella noche, Matías lloró en silencio por primera vez desde que había enterrado a su madre.
No de dolor.
De alivio.
Meses después, cuando volvió la temporada de lluvias, el muchacho ya no dormía debajo de puentes. Había crecido un poco, había aprendido a cambiar una llanta, a leer mejor, a reír más seguido. Ximena lo seguía por todas partes como si fuera su héroe personal. Y Ramiro, aunque nunca fue un hombre de muchas palabras, empezó a incluirlo en las cenas, en las salidas, en los silencios importantes.
Una tarde, frente a un juez y con papeles en orden, Ramiro Salazar pidió la custodia legal de Matías.
—¿Está seguro? —preguntó la trabajadora social, mirando al enorme motociclista vestido de negro.
Ramiro puso una mano sobre el hombro del niño.
—Completamente.
Matías sintió que el mundo se detenía.
—¿Y tú? —le preguntó la mujer.
El niño miró a Ximena, que sonreía con lágrimas en los ojos; miró a los hombres del club reunidos al fondo; miró al Cuervo, que esperaba en silencio, rígido, casi solemne.
Luego respondió con la voz temblorosa:
—Sí. Quiero quedarme con mi familia.
Por primera vez en años, esa palabra no le dolió.
Familia.
Cuando salieron del juzgado, decenas de motos rugieron en la calle. Los hombres del club levantaron los brazos, celebrando. Ximena saltó para abrazarlo y Ramiro, torpe pero sincero, le revolvió el cabello.
—Bienvenido a casa, hijo.
próxima