El niño sin hogar fue golpeado mientras protegía a la hija de un motociclista de los acosadores. ¿Qué hizo después la pandilla Hells Angels? A Matías no le quedaba casi nada en el mundo. No tenía casa fija, no tenía padre, no tenía madre, y tampoco tenía a nadie que se preocupara si pasaba la noche bajo el puente, detrás de una tienda abandonada o en la banca fría de una plaza. A sus doce años ya conocía demasiado bien el hambre, el olor de la lluvia en la ropa que no alcanz… En voir plus

Pero Matías, medio ahogado por el dolor, solo alcanzó a responder:

—Me da igual quién sea. Es una niña.

El puño volvió a estrellarse contra sus costillas.

La niña lloraba a su espalda. Matías no podía respirar bien. Todo su cuerpo era dolor. Por un segundo quiso quedarse tirado y dejar que el mundo siguiera como siempre, cruel, indiferente, podrido. Pero entonces sintió la mano pequeña de la niña aferrándose a su camisa y algo dentro de él se negó a rendirse.

Se incorporó otra vez.

—No la toquen.

Uno de los muchachos lo pateó en la espalda.

—¿Qué vas a hacer, huérfano?

Matías levantó la cabeza, con un ojo ya casi cerrado.

—Aunque me maten… no la voy a dejar sola.

Entonces se escuchó.

Primero lejano, como un trueno enterrado. Luego más cerca. Más fuerte. El rugido de muchas motocicletas entrando a la colonia al mismo tiempo.

Los agresores se quedaron inmóviles.

La niña abrió los ojos con esperanza y miedo.

—Mi papá —susurró.

Los dos muchachos palidecieron. Le soltaron el brazo y echaron a correr sin mirar atrás.

Matías apenas alcanzó a ver las luces blancas bañando el callejón antes de caer por completo al suelo.

Lo siguiente que sintió fue una mano pequeña sacudiéndole el hombro.

—No te duermas —le decía la niña, llorando—. Por favor, no te mueras.

Matías entreabrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre él, con la cara llena de lágrimas y tierra.

—¿Cómo te llamas? —murmuró él.

—Ximena.

—Bonito nombre —alcanzó a decir.

Entonces el rugido de los motores se detuvo. Botas pesadas entraron al callejón. Sombras enormes cubrieron la luz.

Un hombre alto, ancho de hombros, cubierto de tatuajes y con chamarra de cuero negra, se abrió paso entre los demás. Tenía barba corta, mirada oscura y esa clase de quietud que da más miedo que un grito.

Ximena se levantó corriendo.

—¡Papá!

El hombre la alzó de inmediato, revisándole la cara, las manos, las rodillas. Cuando confirmó que seguía entera, sus ojos fueron hacia el niño tirado en el suelo.

—¿Él fue? —preguntó con voz grave.

La niña negó con fuerza.

—No. Él me salvó. Se puso enfrente. No me conocía y aun así lo hizo.

El silencio se hizo tan pesado que parecía otra pared.

Ramiro “el Cuervo” Salazar se acercó despacio a Matías, se puso en cuclillas frente a él y lo observó con una intensidad que lo hizo sentir desnudo.

—¿Tú fuiste el que recibió la golpiza por mi hija?

Matías quiso incorporarse, pero el dolor en las costillas lo dejó sin aire.

—Ella… estaba llorando —susurró—. Eso fue todo.

próxima