El pulso le golpeó en los oídos.
—¿Entender qué? —forzó.
—Que se casó conmigo a ciegas —susurró ella—. Y lo va a lamentar.
Antes de que pudiera responder, el sacerdote, nervioso, soltó la frase final:
—Puede besar a la novia.
Toda la iglesia contuvo el aliento.
Alejandro quería retroceder. Recuperar el control. Recordar por qué estaba allí. Deudas. Deber. Supervivencia. Pero los ojos de Eloísa no suplicaban. Retaban.
Se inclinó hacia ella como un hombre hechizado.
Y cuando sus labios tocaron los de la novia, sintió algo deslizarse en su palma.
Un trozo de papel doblado.
Pequeño. Deliberado. Oculto.
Solo había una clase de novia que entregaba notas secretas en el altar.
La clase con un plan.
La clase con una verdad capaz de arruinar a un duque.
Salieron de la iglesia bajo aplausos, pétalos y sonrisas falsas. La lluvia había cesado, pero el aire seguía oliendo a tormenta. Cuando por fin subieron al carruaje nupcial y se cerró la puerta, el mundo exterior desapareció.
Alejandro sostuvo el papel sin abrir.
Eloísa se sentó frente a él, ya sin velo, más peligrosa aún a plena vista. No parecía tímida. No parecía feliz. Parecía una mujer que ya había decidido cómo iba a desarrollarse la noche.
—¿Qué es esto? —preguntó él, levantando el papel.
—Ábralo.
La letra era firme, pulcra.
Su excelencia: este matrimonio lo salvará de sus deudas, pero no lo salvará de mí. Si intenta esconderme, silenciarme o tratarme como un objeto comprado, destruiré su reputación con una verdad que usted no podrá sobrevivir. Hablaremos esta noche. —Eloísa.
Alejandro lo leyó dos veces.
—¿Qué verdad? —preguntó con voz baja.
—Lo sabrá si se comporta tan mal como pensaba hacerlo.
Así que ella lo sabía. Sabía que él había aceptado el matrimonio porque la creía fea, manejable, prescindible. Y le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer que eso importara.
El banquete fue una obra de teatro perfecta. Eloísa saludó a las damas con gracia impecable. Conversó con los viejos nobles como si hubiera nacido entre ellos. Sonrió ante los elogios con una calma casi aterradora. Alejandro, en cambio, sintió que cada minuto a su lado lo empujaba más lejos del equilibrio.
Cuando la mayoría de los invitados empezó a irse, Augusto Valdés se le acercó en un pasillo silencioso.
—Confío en que está complacido, su excelencia.
Alejandro lo miró con frialdad.
—No me mostró su rostro.
Valdés sonrió apenas.
—Nadie muestra todas sus cartas en una negociación.
—Entonces admite que lo fue.
—Todos los matrimonios lo son. Algunos solo tienen la cortesía de no fingir.
Alejandro dio un paso hacia él.
—Dejó que llamaran monstruo a su hija.
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