El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó. La primera vez que el duque Alejandro de Monteverde oyó decir que la novia era fea, soltó una risa breve y seca. No porque le hiciera gracia, sino porque la noticia le resultó útil. Si la hija del magnate era realmente desagradable a la vista, entonces aquel matrimonio sería más fácil de soportar. No habría ilusión, ni deseo, ni esperanza. Solo un negocio. Solo una firma. So… En voir plus

Eso era exactamente lo que Alejandro se había prometido años atrás, el día en que enterró a su padre y heredó un título lleno de orgullo, una hacienda llena de deudas y un apellido que pesaba más que cualquier corona. No sentir nada. No necesitar nada. No perder nada.

Así que la mañana de la boda, mientras la lluvia londinense convertía las calles en barro y el carruaje avanzaba hacia la iglesia de San Jorge, repitió esa promesa en silencio.

Esto es negocios, no amor.

Pero el pecho le dolía con una tensión extraña, como si su cuerpo ya supiera que se estaba mintiendo.

Dentro de la iglesia, el aire era tibio y espeso por las velas. Los invitados ocupaban sus lugares envueltos en terciopelo y seda, fingiendo que habían ido a celebrar, cuando en realidad habían ido a mirar. Querían ver al orgulloso duque de Monteverde inclinar la cabeza ante el dinero nuevo de un comerciante. Querían disfrutar el espectáculo de la sangre antigua arrodillada ante la fortuna reciente.

Alejandro tomó su lugar frente al altar. A su lado, su amigo y padrino, Rodrigo Peñalosa, se inclinó apenas para murmurar:

—Todavía estás a tiempo de huir.

Alejandro no sonrió.

—¿Y dejar que mi gente pase hambre cuando la hacienda se venga abajo?

Rodrigo exhaló con resignación.

—Tienes cara de hombre camino a su propio entierro.

—Tal vez porque así se siente —respondió Alejandro, sin apartar la vista del frente.

La verdad era simple. Su padre había destruido todo. Apuestas, vino, préstamos, mentiras. Para cuando Alejandro heredó el título, la fortuna de Monteverde ya estaba desangrándose. Vendió tierras, caballos, cuadros, joyas de familia, hasta la última plata que no estuviera clavada al suelo. Pero no bastó. Las cartas de los acreedores llegaban cada mes más frías, más crueles. Pronto vendrían a la hacienda a llevarse lo que generaciones enteras habían construido.

Entonces apareció Augusto Valdés con una solución.

Era un hombre inmensamente rico, dueño de navieras, molinos, bodegas y media ciudad mercantil. Uno de esos hombres capaces de hacer que los nobles tragaran orgullo con tal de no ahogarse en sus propias ruinas. Valdés solo quería algo que el dinero no podía comprar con facilidad: un título.

—Cásese con mi hija —le dijo con la calma de un banquero— y sus deudas desaparecerán.

Alejandro quiso negarse. No por nobleza, sino porque detestaba las trampas. Pero ya estaba atrapado. Rechazar la oferta no lo haría libre; solo lo haría pobre y humillado. Así que hizo la única pregunta importante.

—¿Su hija está de acuerdo?

La boca de Augusto se tensó apenas.