“Dijiste que no es un tumor”, pronunció Alejandro con voz ronca, casi un susurro. “¿Qué demonios es, entonces?”
“¡Señor Garza, esto es una locura y una violación directa a los protocolos del hospital!”, estalló el Doctor Villalobos, perdiendo la compostura. “¡Si permite que este individuo toque el cuerpo de su hijo, el hospital se lavará las manos y enfrentará usted problemas legales! ¡El niño está clínicamente muerto!”
“¡Usted mismo acaba de decirme que mi hijo está muerto!”, rugió Alejandro, girándose hacia los 8 especialistas con una furia implacable. “¡Sus máquinas de 50 millones no sirvieron de nada! ¡Si de todos modos ya lo perdí, qué más tengo que perder!”
El silencio en la habitación fue absoluto y asfixiante.
“Haz lo que tengas que hacer”, le ordenó Alejandro a Mateo, haciéndose a un lado y bloqueando con su propio cuerpo a los médicos y a los guardias.
Mateo asintió. Se limpió las manos llenas de tierra en sus pantalones de mezclilla raídos, respiró hondo y dio un paso hacia la camilla térmica.
La habitación estaba helada. La piel del bebé Garza ya comenzaba a tomar un tono pálido y translúcido.
Los 8 médicos de élite observaban desde la pared, con los brazos cruzados y el desprecio pintado en la cara, esperando el fracaso inminente de aquel niño de la calle para poder decir “se lo advertimos”.
Mateo metió la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y sacó un pequeño frasco de vidrio abollado, sucio en los bordes. Era una vieja pomada de árnica y aceite de almendras que su abuelo Don Chema usaba en el Bordo de Xochiaca cuando el polvo tóxico del basurero les cerraba la garganta y no podían respirar.
“Yo separo basura todos los días desde que tengo 5 años”, dijo Mateo en voz baja, mientras desenroscaba la tapa. Su voz era tranquila, contrastando con la histeria de Valeria. “En el basurero aprendes a notar no lo que sobra, sino lo que falta”.
Antes, al cruzar el vestíbulo del hospital, Mateo había visto la pañalera de diseñador de la familia. Colgando de ella había una tradicional pulserita de hilo rojo, de esas que en México se usan para el “mal de ojo”. Pero Mateo notó algo: el hilo estaba trozado, y faltaba la semilla dura y roja, el famoso “ojo de venado”.
“Por favor, diosito”, susurró el niño.
Mateo aplicó una gota generosa del aceite de su abuelo justo debajo de la mandíbula del bebé, esparciéndola con el pulgar para reducir la fricción de la piel. Luego, con una delicadeza sorprendente para unas manos tan maltratadas por el trabajo infantil, presionó suavemente a lo largo de la zona inflamada del cuello.
Nada.
El monitor seguía arrojando esa línea verde y plana. El sonido continuo era una tortura.
Valeria lloraba aún más fuerte, golpeando el suelo con los puños. “¡Ya basta, Alejandro, haz que se detenga, me duele demasiado!”
“Suficiente”, dictaminó el Doctor Villalobos, dando un paso al frente. “Esto es un circo grotesco. Guardias, retírenlo ya mismo”.
El guardia volvió a extender la mano gruesa hacia el hombro de Mateo.
Entonces—
próxima