8 especialistas de élite permanecían en un silencio sepulcral alrededor de la cama en la suite más exclusiva del Hospital Ángeles en la Ciudad de México. El monitor cardíaco de última generación mostraba una sola línea verde, larga e ininterrumpida.
Plana.
El hijo de 5 meses del magnate de las telecomunicaciones Alejandro Garza acababa de ser declarado clínicamente muerto. Máquinas importadas que valían millones de pesos habían fallado. Las mentes médicas más brillantes y costosas del país habían fallado. El aire acondicionado de la habitación parecía congelar hasta las lágrimas.
Y en ese preciso y devastador instante, un niño de 10 años, desnutrido y cubierto por una capa de polvo y smog, irrumpió a la fuerza en el ala privada de cuidados intensivos.