Las esposas cerraron el capítulo.
Frente a todos.
Sin compasión.
El patio quedó en silencio.
El mismo lugar donde Sofía había sido humillada… ahora era testigo de justicia.
La niña miró a Alejandro.
—¿Ya… se acabó?
Alejandro se arrodilló frente a ella.
Secó sus lágrimas con cuidado.
—No, pequeña…
Hizo una pausa.
Y sonrió.
—Apenas empieza lo bueno.
Un año después…
La casa ya no era la misma.
Las paredes tenían color.
Había risas.
Había vida.
Sofía corría por el patio… ya sin miedo.
Su osito, ahora limpio y remendado, seguía con ella.
—¡Papá! —gritó desde la puerta.
Alejandro levantó la mirada.
Por un segundo… sus ojos se llenaron de emoción.
—¿Qué pasó, campeona?
Sofía corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
—Hoy en la escuela dijeron que dibujara a mi familia…
Alejandro sonrió.
—¿Y a quién dibujaste?
La niña levantó su dibujo.
Dos figuras.
Una pequeña… y una grande.
Tomadas de la mano.
—A nosotros.
El silencio fue suave.
Cálido.
De esos que sanan.
Alejandro la abrazó más fuerte.
—Gracias… por elegirme.
Sofía negó con la cabeza.
—No… tú me elegiste primero.
Esa noche, antes de dormir, Sofía susurró mirando su osito:]
—Mamá… papá… ya no estoy sola.
Desde la puerta, Alejandro escuchó.
próxima