Verónica intentó arrebatárselo.
—¡Eso no prueba nada!
El abogado no se inmutó.
—Al contrario. Prueba todo.
Abrió el documento.
—“En caso de mi fallecimiento, la custodia total de mi hija Sofía será otorgada a Alejandro Ruiz…”
La voz del abogado era firme.
Cada palabra… como un martillo.
—“…y cualquier intento de despojarla de sus bienes o maltratarla deberá ser considerado delito grave.”
El hombre junto a Verónica retrocedió.
—Esto… esto no puede ser…
Pero Alejandro no había terminado.
—Siga leyendo.
El abogado asintió.
—“Declaro también que sospecho que mi esposa y mi hermano han intentado manipular mi medicación…”
El rostro de Verónica se descompuso.
—“…por lo tanto, dejo grabaciones como evidencia.”
El mundo pareció detenerse.
Sofía miró su osito.
—¿Las grabaciones…?
Alejandro la miró con una leve sonrisa.
—Sí… tu papá fue más listo de lo que ellos pensaban.
En ese momento, se escucharon sirenas.
Luces rojas y azules iluminaron la calle.
La policía llegó.
—Buenas noches —dijo uno de los oficiales—. Recibimos un reporte.
Alejandro dio un paso adelante.
—Intento de abuso infantil, fraude y posible homicidio.
Verónica gritó.
—¡No! ¡Eso es mentira!
Pero ya nadie le creía.
Los oficiales se acercaron.
El hombre intentó huir.
No llegó ni a la reja.
Fue detenido.
Verónica cayó de rodillas.
—¡Yo solo quería… yo solo…!
Pero sus palabras ya no importaban.
próxima