—¿Como qué?
Camila sonrió.
—Como un plato de papas compartidas. Un cochecito rojo. Unos tenis nuevos. Un viaje bajo la lluvia. Una banca en el parque.
Emiliano llevó su mano a los labios y la besó.
—O una mujer que no dejó que un hombre se sintiera invisible.
Camila apoyó la cabeza en su hombro un instante.
Y así, entre semáforos, risas infantiles y el murmullo tibio de una ciudad que seguía su curso, ambos entendieron algo que el dinero jamás había podido comprar y que la pobreza jamás había logrado destruir: cuando el amor es verdadero, no nace de los grandes discursos ni de los milagros ruidosos. Nace de lo sencillo. De lo constante. De quien ve tus heridas sin apartar la mirada. De quien se sienta a tu lado y, sin humillarte, te ofrece pan, refugio y compañía.
A veces empieza con una cena en una cafetería cualquiera.
Y termina convirtiéndose en el hogar que ambos habían estado buscando toda la vida.