—Desapareciste. Y no creo que sea solo trabajo.
Emiliano bajó la vista.
—No pasó nada.
—No me mientas.
Silencio.
Entonces él soltó todo de golpe, con rabia, vergüenza y dolor mezclados:
—Te vi. En ese departamento. Hablando de millones mientras yo estaba en el suelo limpiando. Y entendí lo ridículo que fui. Pensé que… no sé qué pensé. Que éramos parecidos, quizá. Que contigo no me sentía invisible. Pero tú vienes de un mundo donde la gente compra edificios. Yo apenas junto para pagar la renta. No pertenezco a tu vida, Camila.
Ella dio un paso hacia él.
—¿Eso fue lo que entendiste?
—¿Qué más se suponía que entendiera?
—Que trabajo mucho. Sí. Que tengo dinero. Sí. Pero no que vales menos que yo.
Él se quedó callado, respirando agitado.
Camila le tomó la mano.
—Mírame.
Emiliano levantó los ojos, enrojecidos.
—No me importa si limpias pisos o diriges una empresa. Lo que me importa es que eres un padre increíble. Que amas a Lucía con una fuerza que se ve desde lejos. Que nunca te rindes. Que cuando hablas de ella se te ilumina la cara. Que conmigo siempre has sido respetuoso, honesto y bueno. Eso vale más que cualquier departamento de lujo que compre.
Emiliano intentó apartarse, pero ella sostuvo su mano con suavidad.
—Te extrañé —susurró—. Leo te extrañó. Y yo… yo también te extrañé más de lo que quería admitir.
Él tragó con dificultad.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De no ser suficiente para ti.
Camila se acercó más.
—Entonces déjame decirlo claro: sí eres suficiente. Más que suficiente.
próxima