—Se está poniendo morado. ¿Por qué todos se quedan ahí parados?
En la mansión Navarro, las encimeras de mármol brillaban como si nada en el mundo pudiera salir mal, hasta que un recién nacido llamado Mateo Navarro yació inmóvil sobre la mesa de la cocina. Sus labios se oscurecían y su pecho apenas se levantaba. Nueve médicos se agolpaban a su alrededor, gritando números, administrando oxígeno, inyectando medicamentos y leyendo monitores que no dejaban de gritar la misma verdad: el bebé se estaba desvaneciendo.
Nadie gritó. Nadie lloró. Los adultos observaban con un extraño y disciplinado silencio, como si estuvieran esperando un final que ya habían aceptado. En la sombra, cerca del refrigerador, estaba sentada Sofía Vega, una niña negra de 11 años con zapatos que le quedaban grandes y un cuaderno que usaba para mantenerse invisible.
Ella era la hija de la criada; una regla, no una persona. Pero los ojos de Sofía no se desviaron. Vio al médico inclinar la cabeza de Mateo y lo notó: una mancha oscura y antinatural en el fondo de su boca.
Era el tipo de color que había visto una vez en su vecindario cuando un niño había tragado algo venenoso, y la garganta se le cerró. ¿Quién escucharía a una niña pobre? Aún así, cuando los médicos se movieron para llevar a Mateo a la ambulancia, Sofía dio un paso al frente.