Matías no respondió. Y esa falta de respuesta fue toda la respuesta que necesitaba.
Lo miré. Mi hijo, el niño que había cargado en mis brazos, el joven que me había prometido cuidarme. Y vi a un extraño.
“No voy a vender mi casa, Matías”.
“Está bien, mamá. Era solo una pregunta”.
Se quedó media hora más y luego se fue. Y yo me quedé sentada en el patio bajo el limonero con el corazón roto. Porque esa pregunta no era inocente, era una prueba. Y acababa de fallarla.
Los meses siguientes fueron extraños. Matías dejó de venir por completo. Llamaba de vez en cuando, pero las conversaciones eran breves.
“¿Cómo estás, mamá?”
“Bien, mi amor. ¿Y tú?”
“Bien. Ocupado. Te llamo luego”.
Y colgaba.
Yo trataba de no pensar demasiado en ello. Trataba de convencerme de que era normal, que él estaba ocupado, que tenía su propia vida. Pero en el fondo sabía la verdad. Me estaba alejando de mí y yo no sabía cómo detenerlo.
Fue en diciembre de ese año cuando sentí el primer mareo. Estaba en la cocina preparando tamales para vender en la plaza. De repente, todo empezó a girar. Me agarré del borde de la mesa y esperé a que pasara. Pasó. Pero dos días después volvió a pasar y luego otra vez.
Fui al doctor del centro de salud. Me hizo unos análisis, me dijo que mi presión estaba alta.
“Tiene que cuidarse, señora. Menos sal, menos estrés, más descanso”.
Asentí. Tomé las pastillas que me recetó, pero no le dije nada a Matías porque sabía que, si le decía, vendría solo por obligación. Y yo no quería eso. Yo quería que viniera porque me amaba, no porque se sintiera culpable.
Pasó otro año. Los mareos continuaron. A veces eran leves, otras veces fuertes, pero yo seguía adelante. Seguía vendiendo comida, seguía cuidando mi casa, seguía esperando que Matías volviera.
Y entonces, una tarde de mayo, todo cambió.
Estaba en la cocina como siempre, preparando la comida. El radio estaba encendido, tocaban música de José Alfredo Jiménez. De repente sentí que el piso se movía bajo mis pies, pero esta vez no paró. Intenté agarrarme de algo, pero mis manos no respondieron. Caí y, antes de que todo se volviera negro, alcancé a pensar: “Matías, perdóname”.
No recuerdo el hospital, no recuerdo la ambulancia, ni las luces, ni las voces de los paramédicos. Lo único que recuerdo es despertar en la oscuridad. Una oscuridad completa, silenciosa, pesada. No podía mover mi cuerpo, no podía abrir los ojos, no podía hablar, pero podía escuchar.
Al principio eran solo sonidos distantes: pitidos, voces amortiguadas, pasos apresurados. Luego, poco a poco, empecé a reconocer palabras.
“Derrame cerebral severo”.
“Está en coma”.
“No sabemos cuándo va a despertar, si es que despierta”.
Y entonces escuché la voz de Matías.
“¿Cuánto tiempo puede estar así?”
No sonaba angustiado, sonaba cansado.
El doctor respondió algo que no alcancé a escuchar bien, pero capté palabras sueltas: semanas, meses, no hay garantías.
Quise gritar. Quise decirle que estaba ahí, que podía escucharlo, que no me dejara. Pero mi cuerpo no respondió y todo volvió a la oscuridad.
El coma es un lugar extraño. No es como dormir, no es como soñar. Es como estar suspendida entre dos mundos, ni aquí ni allá. A veces escuchaba voces, a veces sentía manos tocando las mías, pero no podía responder.
Los primeros días o semanas, no estoy segura, escuché a Matías venir a visitarme. Entraba, se sentaba junto a mi cama y hablaba.
“Mamá, no sé si puedes escucharme. Los doctores dicen que tal vez sí, que tal vez ayuda”.
Hacía una pausa.
“Petra dice que tenemos que ser realistas, que tú no quisieras vivir así”.
Otra pausa más larga.
“No sé qué hacer. Mamá, no sé qué quieres que haga”.
Y luego se iba.
Yo quería gritarle: “Estoy aquí. Estoy luchando. No me dejes”. Pero no podía.
Las visitas de Matías se volvieron menos frecuentes. Al principio venía todos los días, luego cada dos días, luego una vez por semana. Y cuando venía ya no hablaba tanto, solo se sentaba en silencio. A veces susurraba:
“Lo siento, mamá”.
Pero nunca decía por qué lo sentía.
Un día escuché a Petra. Era la primera vez que venía, o al menos la primera vez que la escuchaba. Su voz era fría, impaciente.
“Matías, no podemos seguir pagando esto. El hospital es carísimo”.
“Es mi madre, Petra”.
“Lo sé, pero los doctores dicen que puede estar así por meses o años. Vamos a gastar todos nuestros ahorros en esto”.
“¿Qué quieres que haga? ¿Que la desconecte?”
“No digo eso. Solo digo que tenemos que pensar en nosotros también”.
Hubo un silencio.
“Ella tiene una casa”, dijo Petra. “Una casa grande, está vacía. Podríamos…”
“No”. La voz de Matías sonó firme. “No voy a tocar su casa”.
“No estoy diciendo que la vendas, solo que la usemos temporalmente mientras ella está aquí”.
“Petra, ya dije que no”.
Escuché pasos alejándose, una puerta cerrándose con fuerza y luego silencio.
Quise llorar. Quise abrazar a mi hijo y decirle que estaba orgullosa de él por defenderme. Pero no podía hacer nada, solo escuchar.
Pasaron las semanas, o eso creo. El tiempo no existía en ese lugar oscuro. Las visitas de Matías se hicieron cada vez más cortas. Entraba, se sentaba 5 minutos y se iba. A veces ni siquiera hablaba. Y yo estaba ahí, atrapada en mi propio cuerpo, gritando en silencio.
Entonces, un día, todo cambió. Escuché voces nuevas, voces que no reconocía.
“Es una casa hermosa y está en buen estado”.
“Sí, mi suegra la cuidaba muy bien”.
Era Petra hablando con alguien.
“¿Y ella está de acuerdo con que se muden aquí?”
“Ella está indispuesta en el hospital, pero estoy segura de que no le molestaría. Es familia, después de todo”.
Mi corazón, si es que todavía latía de alguna forma que yo pudiera sentir, se hundió.
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