“Mamá, le di tu casa a mis suegros. Pensé que ibas a morir.” Acababa de abrir los ojos tras seis meses en coma cuando mi único hijo me lo dijo sin abrazarme, con su esposa mirándome desde la puerta como si yo ya no tuviera derecho a volver. En ese instante entendí que no solo me habían quitado mi casa… también habían apostado a que yo jamás despertaría. Desperté con la garganta seca, el cuerpo dormido y la certeza de que mi hijo iba a abrazarme llorando. En cambio, Matías s… Voir plus

“Ah, qué bonito, qué trabajadora”.

Y luego se iban.

Matías vino a verme una vez entre baile y baile.

“¿Estás bien, mamá?”

“Sí, mi amor. Todo está hermoso. Estoy muy feliz por ti”.

Me besó en la frente y regresó con Petra. Yo me quedé ahí mirándolos bailar bajo las luces que colgaban de los árboles. Petra reía. Matías la miraba como si fuera lo único que existiera en el mundo.

Y yo, yo sentí que lo estaba perdiendo. No de golpe, pero poco a poco, como arena que se escapa entre los dedos.

Ayudé a pagar parte de la boda. Matías no me lo pidió, pero yo insistí.

“Mamá, no tienes que hacerlo. Yo tengo ahorros”.

“Quiero hacerlo, mi amor. Eres mi único hijo. Déjame ayudar”.

Le di $3,000. Era todo lo que tenía ahorrado ese año, dinero que había guardado vendiendo comida, limpiando casas. Matías los aceptó, pero vi en sus ojos algo parecido a la pena.

“Gracias, mamá. Te lo voy a devolver”.

“No quiero que me lo devuelvas. Es mi regalo para ti”.

Pero él nunca lo vio así. Petra tampoco.

Meses después, durante una comida en mi casa, escuché a Petra hablando con Matías en la sala mientras yo preparaba café en la cocina.

“No puedo creer que le hayas aceptado ese dinero, pobrecita. Seguro se quedó sin nada”.

Su tono no era de compasión, era de burla. Matías murmuró algo que no alcancé a escuchar.

“Es que no entiendo por qué vive en esta casa tan vieja. Podría venderla, mudarse a un departamento más pequeño, más moderno. Esto es demasiado para ella sola”.

Me quedé quieta con la cafetera en la mano. Matías no respondió. Y ese silencio, ese silencio me dolió más que cualquier palabra.

Los primeros meses después de la boda, Matías seguía viniendo a visitarme. No tan seguido como antes, pero venía. A veces traía a Petra, otras veces venía solo. Cuando venía solo era como antes. Nos sentábamos en el patio bajo el limonero y hablábamos. Me contaba del trabajo, de la vida de casado, de los planes que tenía.

“Petra quiere que compremos una casa propia, mamá. Estamos ahorrando”.

“Qué bueno, mi amor. Una casa es importante”.

“Sí, aunque a veces siento que nunca vamos a juntar suficiente. Todo está tan caro”.

Lo escuchaba, asentía, le servía más café. Pero cuando Petra venía con él, todo era diferente. Ella se sentaba en la orilla de la silla, como si tuviera miedo de ensuciarse. Miraba su celular la mayor parte del tiempo. Respondía con monosílabos cuando yo le hablaba y siempre, siempre tenía algo que criticar.

“Magdalena, ¿por qué no cambias estas cortinas? Están muy viejas”.
“Esta mesa está muy rayada. ¿No has pensado en comprar una nueva?”
“El patio estaría mejor si le pusieras loseta. Esta tierra se llena de polvo”.

Yo sonreía y decía: “Tienes razón, mi hija. Algún día lo haré”. Pero nunca lo hacía, porque esta era mi casa y me gustaba tal como estaba.

Pasó un año. Matías y Petra seguían rentando el mismo departamento pequeño. Petra se quejaba constantemente.

“No puedo vivir así para siempre, Matías. Merecemos algo mejor”.

Matías trabajaba más horas. Llegaba a casa cansado, estresado. Empezó a verse más delgado, con ojeras.

Una noche vino a verme solo. Era viernes, cerca de las 9. Llovía. Llegó empapado, sin paraguas.

“Matías, ¿qué pasó?”

Entró sin decir nada. Se sentó en la mesa de la cocina con las manos entre el cabello.

“Estoy cansado, mamá”.

Me senté frente a él.

“¿De qué, mi amor?”

“De todo. Del trabajo, de las presiones, de no ser suficiente”.

Le tomé las manos.

“Eres más que suficiente. No dejes que nadie te haga sentir lo contrario”.

Se quedó callado por un momento. Luego levantó la vista.

“Petra quiere que compremos una casa, pero no tengo suficiente dinero para el enganche. He estado buscando préstamos, pero las tasas de interés son altísimas”.

“Dale tiempo, mi amor. Ya va a llegar”.

“No sé si pueda esperar más. Ella está muy frustrada”.

Algo en su voz me dolió, como si la frustración de Petra fuera más importante que su propia paz.

“Matías, escúchame. No puedes vivir solo para complacer a alguien más, ni siquiera a tu esposa”.

Me miró sorprendido.

“Mamá, digo la verdad, el matrimonio es de dos”.

“Si ella no puede tener paciencia, entonces el problema no es tuyo, es de ella”.

próxima