La puerta de madera se cerró con un golpe seco.
El eco se quedó flotando en la casa… como si aún llorara la muerte del dueño.
La pequeña Sofía, de apenas seis años, abrazaba con fuerza su osito viejo, el único recuerdo que le quedaba de su mamá. Sus ojitos estaban hinchados de tanto llorar. Apenas unas horas antes había enterrado a su papá… el único que la protegía.
Y ahora… ya no había nadie.
—¿Puedo… ayudar a limpiar? —preguntó con voz temblorosa.
La mujer que estaba frente a ella… su madrastra, Verónica… soltó una risa amarga.
Una risa que no tenía nada de tristeza.
—Se acabó el teatro —dijo con frialdad—. Ya no necesitas fingir que eres buena niña.
Sofía sintió cómo algo dentro de su pecho se rompía.
En ese momento, la puerta se abrió.
Un hombre entró arrastrando una maleta. Su mirada era dura, y su sonrisa… peligrosa.
—Así que tú eres la niña —dijo, observándola como si fuera basura—. Desde hoy… esto también es mi casa.
Sofía retrocedió.
—Tío… ¿por qué estás aquí?
Verónica cruzó los brazos.
—Porque ahora él es el hombre de esta casa.
El silencio se volvió pesado.
—Y tú… —añadió, mirando a la niña con desprecio— ya no tienes lugar aquí.
Las manos de Sofía comenzaron a temblar.
—Yo… puedo portarme bien… no voy a estorbar…
Pero ya era tarde.
Verónica se levantó de golpe, la tomó del brazo y la arrastró sin piedad hacia el patio.
—¡Fuera! —gritó—. ¡Estoy harta de ti!
El osito cayó al suelo.
Sofía trató de alcanzarlo, pero el hombre lo pisó con su bota.
—Mira nada más… —se burló—. Igualita que un perrito callejero.
La niña cayó de rodillas.
El frío del suelo le atravesó los huesos.
—Por favor… no me saquen… no tengo a dónde ir…
Pero Verónica ya venía con una cubeta.
Agua helada.
—Dicen que hay que limpiar la mala suerte —escupió con desprecio—. Y tú eres pura desgracia.
Y sin dudarlo…
¡Le lanzó toda el agua encima!
El golpe fue como hielo sobre su alma.
Sofía temblaba… no solo por el frío.
Sino por el abandono.
Miró alrededor.
Vecinos… puertas entreabiertas… miradas escondidas.
Nadie hizo nada.
Nadie dijo nada.
La niña apretó su osito empapado contra el pecho.
—Papá… —susurró entre sollozos— ¿a dónde voy ahora?
Y justo en ese momento…
El sonido de un motor rompió el silencio.
Un auto negro… elegante… se detuvo frente a la casa.
Las puertas se abrieron lentamente.
Un hombre bajó.
Traje oscuro. Mirada firme.
próxima