Un padre soltero estaba tomando té solo cuando una anciana le susurró: “Haz como si fueras el prometido de mi hija”. Hay algo silenciosamente devastador en sentirse solo dentro de un salón lleno de gente que celebra el amor.

—La mayoría de la arquitectura moderna —dijo— está diseñada por gente que jamás ha estado sola dentro de un espacio. Por eso tantos lugares se ven bien y se sienten vacíos.

Marco sonrió.

—Eso suena como algo cierto más allá de la arquitectura.

Ella lo miró, sorprendida, y luego asintió.

Le habló de películas antiguas que entendían el valor del silencio, de la tristeza elegante de ciertos personajes, de la imposibilidad de encontrar una librería donde todavía se pudiera perder una tarde entera. Le confesó, casi con vergüenza, que había puesto una pequeña biblioteca compartida en el pasillo de su edificio: una caja de madera con un letrero escrito a mano donde los vecinos dejaban y tomaban libros.

—Es una tontería —dijo.

—No —respondió Marco—. Es una forma de fe.

Valeria lo miró fijamente.

Elena se levantó un rato para saludar a unas amistades. Cuando los dejó solos, el salón siguió lleno de música, copas y conversaciones, pero alrededor de la mesa de ellos parecía haberse formado una especie de refugio discreto.

Entonces Valeria habló en voz baja.

—Mi madre me mandó un mensaje muy raro antes de que yo entrara.

Marco sonrió apenas.

—¿Qué decía?

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