Has concentrado el poder en el ejecutivo. Controlas el Congreso, controlas la Corte, controlas los militares. Eso es la definición de dictadura, sin importar cuán populares sean tus políticas. Bukele se recostó en su silla cruzando los brazos. ¿Quieres hablar de contrapesos? Hablemos de contrapesos. En España, el presidente del gobierno puede aprobar leyes en el Congreso.
No, por supuesto que no. En El Salvador tampoco puedo. Cada ley que he propuesto ha pasado por el Congreso. Cada una ha sido debatida, enmendada y votada. El hecho de que mi partido tenga mayoría no significa que no haya proceso democrático. Significa que los salvadoreños votaron en masa por representantes que comparten mi visión.
Pero reemplazaste a los magistrados de la corte. Porque fueron electos ilegalmente, Bukele repitió con frialdad. Y si defiendes un proceso ilegal solo porque te gusta el resultado, Pablo, entonces no estás defendiendo la democracia, estás defendiendo tu ideología. El silencio que siguió fue absoluto. Iglesias abrió la boca para responder, pero no salió nada.
Había sido completamente desarmado, no con gritos, no con ataques personales, sino con datos, lógica y la evidencia incómoda de su propia hipocresía. Ana Pastor intentó cerrar el segmento, pero Bukele levantó una mano. Una última cosa, Pablo. Dijiste que soy un dictador disfrazado de presidente. Yo te ofrezco esto. Ven a El Salvador.
Camina por las calles que ahora son seguras. Habla con las madres que ahora duermen tranquilas. Pregúntale si viven bajo dictadura. Y si después de eso todavía piensas que soy un dictador, te daré todo el tiempo de televisión que quieras para decirlo. Pero tienes que ir, tienes que ver con tus propios ojos lo que realmente hemos construido. Iglesias no respondió.
No podía. Comparte y suscríbete para que este debate nunca sea olvidado. El debate terminó 5 minutos después. Las redes sociales explotaron. El hashtag almohadilla buukele destruye iglesias fue tendencia mundial en menos de una hora. Clips del intercambio se compartieron millones de veces. Pablo Iglesias nunca aceptó la invitación de visitar El Salvador, nunca volvió a mencionar públicamente a Bukele.
Y en El Salvador, el pueblo que había elegido la paz sobre la narrativa siguió adelante, sabiendo que su presidente acababa de defender su decisión frente al mundo entero, con números, con hechos, con una frialdad devastadora que ningún argumento ideológico podía combatir.