Transferí en silencio el millón que mis abuelos me dejaron para que nadie pudiera tocarlo. Una semana después, mis padres llegaron felices con una orden cruel: “Esta casa ya no es tuya”. Pero cuando volvieron con la mudanza, se quedaron helados frente a la mujer de la carpeta

PARTE 2

Mi mamá fue la primera en reaccionar.

—¿Qué hace ella aquí?

La licenciada Saldaña no se inmutó. Vestida con un traje claro, impecable, sostuvo la carpeta contra el pecho y respondió con una calma que a mí me supo a justicia.

—Vengo en representación de la señorita Victoria Navarro. Y les recomiendo que nadie toque una sola caja antes de escucharme.

Camila soltó una risa nerviosa.

—¿En representación de qué? La casa ya está a mi nombre.

—Eso lo veremos —contestó la abogada—. Porque antes de hablar de esta propiedad, tenemos que hablar del dinero que le ocultaron durante años a su hija.

Mi papá dio un paso al frente, intentando recuperar la autoridad que siempre había usado para callarnos a todos.

—Esto no es ni el lugar ni el momento.

—No, don Arturo. El momento debió haber sido hace siete años, cuando Victoria cumplió dieciocho y ustedes estaban obligados a informarle de su fideicomiso para cubrir estudios y gastos formativos. O tal vez hace unas semanas, cuando cumplió veinticinco y legalmente podía tomar control total de sus fondos. Pero eligieron callar.

Nadie dijo nada. Hasta los hombres de la mudanza se miraron entre sí, incómodos.

Camila volteó hacia mí, confundida.

próxima