Pero lo más importante ocurrió al final de la noche. Cuando anunciaron los premios especiales de la generación, no solo gané el premio a la excelencia académica que ya todos esperaban, sino que por voto espontáneo de los estudiantes, fui elegida como la representación del espíritu de la generación. Al subir al escenario, vi a mi padre en la parte de atrás del salón, con su uniforme de trabajo porque le tocaba turno de vigilancia esa noche. Él estaba parado discretamente cerca de la puerta, observando todo.
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Tomé el micrófono y, con la voz firme, dije: “Este reconocimiento no es para mí. Es para el hombre que está allá atrás, cerca de la puerta. Es para el conserje que se aseguró de que todos tuvieran un salón limpio donde aprender, para el hombre que me enseñó que el trabajo dignifica y que nuestras raíces son nuestro mayor tesoro. Gracias, papá, por enseñarme que no importa dónde empecemos la carrera, sino con cuánta integridad la corramos”.
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