—Porque ya se está moviendo —contestó Marisela.
La enfermera del monitor levantó la vista.
—La frecuencia del bebé está subiendo.
Otro médico tomó el ultrasonido portátil, lo deslizó sobre el vientre con rapidez, y su expresión se alteró.
—Está rotando —dijo, incrédulo—. Sí… sí, está girando.
Tomás dio un paso hacia la cama como si no entendiera lo que veía.
Marisela siguió trabajando entre contracciones. Cambiaba el ángulo apenas unos centímetros, esperaba, sentía, volvía a intentar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sabía que caminaba sobre un hilo: si fallaba, perdería el trabajo, la reputación, quizá la libertad. Pero si callaba, perderían algo peor.
—Eso es, mi reina —dijo a Valeria—. Ya casi. Tu hijo ya entendió.
Con la siguiente contracción, Marisela sintió el momento exacto.
Una pequeña liberación.
Un giro firme.
El bebé encontró el camino.
Marisela retiró las manos y exhaló.
La doctora Santillán hizo una exploración rápida. Sus ojos se abrieron.
—Presentación occipitoanterior. Está perfectamente acomodado.
Por primera vez en cuarenta y una horas, la habitación se llenó de una emoción distinta al miedo.
—¡Valeria, ahora! —ordenó la doctora—. ¡Empuja ahora!
Y Valeria empujó.
Esta vez el cuerpo respondió distinto. Ya no era una lucha inútil. Ya no era pujar contra un muro. El bebé descendió.
—¡Se ve la cabeza! —gritó una enfermera.
Tomás se llevó ambas manos a la boca.
Valeria reunió lo que le quedaba de fuerza y volvió a pujar con un grito que parecía partirle el alma en dos.
Entonces sucedió.
Un llanto.
Fuerte. Claro. Inconfundible.
próxima