Hasta esa noche.
Volvió a oír el monitor.
El pitido cambió otra vez.
Una enfermera salió apresurada y casi tiró el carrito de limpieza de Marisela.
—¡Hablen a quirófano ya! —gritó.
Marisela la detuvo con una mano temblorosa.
—Disculpe… el bebé está volteado hacia arriba, ¿verdad?
La enfermera la miró como si no hubiera entendido bien.
—¿Qué?
—Está de cara hacia el vientre de la mamá, pegado a la espalda. Por eso no baja. Yo… yo puedo ayudar.
La mujer abrió mucho los ojos, más ofendida que sorprendida.
—Señora, usted es del personal de limpieza.
—Sí. Pero fui partera. Muchos años.
—Aquí hay doctores. Doce doctores.
—Y ninguno lo ha podido acomodar —dijo Marisela, sin alzar la voz.
La enfermera frunció la boca y cerró la puerta en su cara.
próxima