El día que descubrió que su hermana era la amante de su esposo, todo cambió. Una familia dispuesta a sacrificar a una de sus hijas por dinero y estatus. Pero ella no s… En voir plus

Elena no era más que una marioneta en el retorcido juego de su familia. Los latidos de su corazón se aceleraron cada segundo que pasaba escuchando esa conversación. El odio y la ira crecían dentro de ella, pero sabía que no era el momento de actuar. No todavía.
Salió de la casa tan silenciosamente como había entrado. Cada paso que daba alejándose de ese lugar la acercaba más a su decisión final. La venganza sería fría y calculada.
Esa misma tarde, decidió enfrentarse a Isabel. La buscó en la tienda donde trabajaba ocasionalmente, una boutique de alta gama que Roberto le había ayudado a establecer. Isabel estaba sola en el almacén cuando Elena apareció en la puerta. Por un segundo, su hermana pareció descolocada al verla, pero pronto recuperó la compostura.
—No esperaba verte por aquí, Elena. ¿No te habías ido ya? —la voz de Isabel era suave, casi inocente, pero Elena sabía que detrás de esa fachada se escondía una persona muy diferente.
—No, Isabel, no me he ido —respondió Elena acercándose lentamente, con los ojos fijos en su hermana—. De hecho, estaba pensando en quedarme un poco más. Hay tantas cosas que no entiendo sobre todo lo que ha pasado.
Isabel forzó una sonrisa, pero había algo en su mirada que traicionaba su nerviosismo.
—Bueno, mamá y papá creen que lo mejor es que te alejes por un tiempo. Sabes que con los niños y todo, el espacio es un poco limitado en la casa.
Elena no pudo evitar una sonrisa amarga. La hipocresía de su hermana era abrumadora.
—Es curioso —dijo Elena sin apartar la mirada—, porque me parece que el espacio no es el problema. Es algo mucho más profundo, ¿verdad? Como que tú y Roberto han tenido algo durante todo este tiempo. O como que papá ha estado involucrado en los negocios turbios de Roberto. ¿Estoy en lo cierto?
El color se desvaneció del rostro de Isabel por un breve instante, pero lo recuperó rápidamente. Como quien ha sido atrapado y debe decidir si negarlo o enfrentarlo, optó por lo primero.
—¿De qué estás hablando? No seas ridícula, estás viendo cosas donde no las hay.
Elena dio un paso más cerca, y esta vez su voz fue un susurro afilado.
—No te molestes en mentirme, Isabel. He escuchado todo. Sé sobre las cartas, sobre los acuerdos con papá, y sé que nunca debí haberme casado con Roberto. Tú lo querías para ti y nuestros padres lo sabían todo.
Isabel parpadeó, visiblemente incómoda por la intensidad de Elena. Su fachada empezaba a desmoronarse y, por primera vez en mucho tiempo, Elena sintió que tenía el control.
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