Me quedé paralizada.
No intentaban ayudarme a sanar.
Planeaban asegurarse de que jamás tocara la vida que Adrian me había dejado.
Y se reían de ello.
Retrocedí lentamente, con cuidado de no hacer ruido.
Por un momento quise entrar furiosa y gritar. Exigirles que me explicaran cómo podían hablar de robarme horas después del funeral de mi esposo.
Pero la ira hace ruido.
El ruido les da poder a personas como ellos.
Así que hice lo contrario.
Entré en la cocina, abrí el grifo y dejé correr el agua como si acabara de llegar y necesitara beber. Calmé mi respiración, puse cara de calma y entré al comedor.
Todos levantaron la vista a la vez.
Margaret se puso de pie de inmediato. «Ay, cariño, ¿cómo estás?».
«Estoy… intentándolo», dije en voz baja.
próxima